Soy maestro porque…

“Un maestro trabaja para la eternidad: nadie puede decir donde acaba su influencia” (H.B.Adams)

Soy maestro porque se me ha concedido el privilegio de construir mundos posibles y soñar con universos imposibles. Porque comparto el cambio para mejorar y a veces también hago que el cambio ocurra.

Soy maestro porque cada día aprendo el doble de lo que enseño. Porque es la única forma que existe de ganarlo todo sin perder nada. Soy maestro porque me siento como el alfarero tomando en mis manos mentes inocentes que al pasar por mis clases se convertirán, contando siempre con la ayuda de Dios, en preciosos elementos de la alfarería social.

Soy maestro porque tengo la oportunidad de compartir con seres humanos de verdad, con personas de carne y hueso; con gente que se equivoca, que tropieza y cae y se vuelve a levantar sin rendirse ni maldecir.

Soy maestro porque mis alumnos y alumnas, es decir, mi gente, me conceden el privilegio de contarme sus confidencias, de expresarme sus desalientos y manifestarme sus ilusiones. Soy maestro porque siéndolo ejercito un oficio desafiante, que es, al mismo tiempo muy fácil y también bastante difícil.

Es ingrata y a veces injusta mi profesión. Pero tiene algo especial, por encima de las injusticias y de las ingratitudes, me gusta ser maestro.

Soy maestro porque me fascina el instante mágico en que descubro unos ojos atentos, una mente abierta, un rostro optimista, una postura de entusiasmo: con ellos marcho por la senda del acuerdo y de los éxitos compartidos. Y también soy maestro porque me agrada el ceño arrugado del estudiante incrédulo, los ojos entrecerrados del que duda, la pregunta ingenua del confundido, la afirmación retadora del hombre crítico… esos gestos, esas acciones y sus dueños, me avisan que sigo siendo humano y que puedo equivocarme.

Vivo mi existencia intensamente siendo maestro y, pensándolo bien, no creo que haya una forma de vivir más intensamente la vida. Soy maestro porque tengo fe, esperanza y amor. Tengo fe en Jesús, el verdadero MAESTRO, fe en un porvenir del cual se me ha permitido ser protagonista, porque tengo la esperanza de caminar algún día por un camino tan amplio en donde tú y yo podamos transitar sin tropezarnos y tan angosto que pueda sentir de cerca nuestros afectos y el calor humano. Y tengo el amor que cientos de personas me dan y me reciben mientras hago lo único que creo ser capaz de hacer bien: ser maestro de escuela, con la ayuda de mi mejor MAESTRO.

Quiero, pues, expresar a todo el mundo que soy maestro porque los maestros somos… …constructores de paz…sembradores de sueños…forjadores del progreso…visionarios de mundos nuevos y mejores. Es por eso que, maestro soy, y por siempre lo seré.      Por: Rafael Puig.

El Cuento Policial más corto de Marco Denevi

Rumbo a la tienda donde trabajaba como vendedor, un joven pasaba todos los días por delante de una casa en cuyo balcón una mujer bellísima leía un libro. La mujer jamás le dedicó una mirada. Cierta vez el joven oyó en la tienda a dos clientes que hablaban de aquella mujer. Decían que vivía sola, que era muy rica y que guardaba grandes sumas de dinero en su casa, aparte de las joyas y de la platería. Una noche el joven, armado de ganzúa y de una linterna sorda, se introdujo sigilosamente en la casa de la mujer. La mujer despertó, empezó a gritar y el joven se vio en la penosa necesidad de matarla. Huyó sin haber podido robar ni un alfiler, pero con el consuelo de que la policía no descubriría al autor del crimen. A la mañana siguiente, al entrar en la tienda, la policía lo detuvo. Azorado por la increíble sagacidad policial, confesó todo. Después se enteraría de que la mujer llevaba un diario íntimo en el que había escrito que el joven vendedor de la tienda de la esquina, buen mozo y de ojos verdes, era su amante y que esa noche la visitaría.

LA TIERRA DE LOS INVIDENTES (Cuento).

Por Bonifacio Cantarero

En un país muy cercano había un pueblo mágico cuyos habitantes vivían extremadamente felices. No les hacía falta nada porque sus tierras eran suficientemente fértiles y producían toda especie de frutos y hierbas comestibles para cubrir las necesidades básicas; sus ríos eran inmensos y cristalinos, sus bosques inmensos se elevaban con sus copas espléndidas, la convivencia social era tan humana y pacífica que no había necesidad de que alguien les gobernase. Los niños se educaban en sus casas, a la escuela pública iban únicamente para instruirse académicamente. Aquel pueblo podía considerarse el paraíso terrenal.

En ese lugar no se conocía la palabra conflicto, mucho menos, guerra; cada vez que se suscitaban desaveniencias, propias de la convivencia humana, se reunía la comunidad entera para hacer las paces y limar asperezas. No tenían religión, ni templos, ni capillas, no obstante, eran profundamente espirituales. Adoraban la tierra, los árboles, los ríos, la lluvia. Se consideraba capilla el corazón de cada hombre, mujer, niño, niña, adolescente, joven, anciano, anciana. Respetaban la naturaleza entera, pedían permiso para herir la tierra, para cortar un árbol, para sacrificar un animal o para recolectar los frutos que producía la madre tierra a granel.

Los pueblos vecinos en nombre de la modernidad habían hecho mil intentos por someterlos, por adueñarse de sus tierras, de sus bienes, de su cultura y de sus valores. Les ofrecían a cambio el cielo y cualquier clase de inventos y tonterías insostenibles en el tiempo a cambio de un poco de su riqueza humana y material.

Así transcurrían los días hasta que de repente, una enfermedad como epidemia cayó sobre el poblado; de la noche a la mañana, todos sus habitantes comenzaron a quedarse ciegos.  Empezando por los niños y niñas hasta los ancianos y ancianas. Sin causa alguna iban perdiendo paulatinamente una de las facultades humanas más preciadas e indispensables. Y no es que las demás no lo sean, es que por los ojos entra el mundo al alma. Los ojos son las ventanas por donde entran las experiencias más sublimes de la vida. La belleza no puede ser apreciada en toda su expresión si no es por la vista. A medida que enceguecían, las personas se volvían más vulnerables. Como consecuencia de la ceguera también iban perdiendo la memoria tan humana y tan necesaria para que una comunidad sobreviva, pues un pueblo sin memoria es un pueblo sin historia y sin historia estamos condenados a ser presa fácil de los políticos y demagogos que en nombre de la democracia y la modernidad se adueñan de la vida de los pueblos hasta encorvarlos y hacerlos desaparecer por completo de la faz de la tierra.

Al no tener memoria aquella gente comenzó a acomodarse y a resignarse de su mala suerte. Los pueblos aledaños con regímenes modernos invadieron su país y empezaron a someterlos. A cambio fueron llenándolo de cosas superfluas. Se crearon ONGs de corte asistencialista para mantener a la población silenciada. Aquel modo de vida llegó a extremos, la gente ya no se preocupaba de su vida, es más, quedarse ciego era una suerte y hasta una bendición. Esta invalidez les aniquilaba cualquier iniciativa para autosuperarse. Lo raro es que esa enfermedad únicamente afectaba a los habitantes de ese país. Era contagiosa para ese pueblo mas no para los que llegaban de otras partes del planeta.

Javier, un chico extraordinario y singular que siempre había sido adelantado en el colegio por su capacidad de liderazgo dispuso adentrarse en el tema y buscar la forma de curarse. Haciendo esfuerzos sobrenaturales se internaba por los matorrales en búsqueda de alguna medicina que le devolviera la vista. Cortaba cojollos de árbustos, flores, hojas y raíces sin éxito alguno. Recordó una historia contada por su abuelo sobre un Rey sabio y famoso que se había visto en la angustiosa necesidad de subir hasta la cima de una montaña para tomar una agua mágica que había enajenado a su pueblo con el fin de quedarse loco él también.

Tenía la noción de haber observado a los lejos, cuando aún tenía sus ojos sanos,  una montaña majestuosa. Dejándose llevar por una intuición muy personal decidió marcharse inmediatamente de aquel lugar para buscar la cura de su enfermedad. Caminó y caminó por días, meses y años. A veces sentía que no avanzaba y era que caminaba en círculo. Volvía al punto donde había iniciado el viaje. Había caminado hacia el sur, hacia el este y oeste sin encontrar, tan siquiera, el inicio de la montaña. Por momentos notaba que subía, llegaba a la cúspide de los montículos, luego sentía que descendía, eso era señal que su camino no era el correcto. Regresaba al mismo sitio y emprendía otra dirección. Cuando llegaba a un río, saciaba su sed, llenaba su botella y emprendía el camino.

Sus fuerzas cada día se debilitaban y las esperanzas se desvanecían. Pero, aquel joven era emprendedor y reanudaba, a saber de dónde, sus fuerzas y los ánimos y continuaban su misión.

Agobiado y ya casi derrotado, dispuso iniciar su último viaje. ¡Oigan bien! Iniciar, porque cada vez que emprendía uno lo hacía desde el mismo punto en que había hecho los anteriores. Caminó sin parar día y noche, a veces bajo la lluvia o el sol ardiente. Intuía que era de noche por el silencio, el aullido de los perros y animales salvajes y las temperaturas bajas, y el día, por el trinar de las aves y el sol que inyectaba los rayos en su piel.

Caminó, caminó y caminó hasta que llegó a un río inmenso. Allí intuyó por el cauce la dirección correcta que seguramente lo llevaría a la montaña. A contracorriente fue avanzando, rodeando enormes rocas, escalando abismos enormes. De pronto se dio cuenta que subía y subía, en su corazón se encendió la esperanza de ir por el rumbo correcto. A medida avanzaba el río se hacía más pequeño. Notó que el río ya no era un río, solo parecía un hilo leve de agua fresca que bajaba pacíficamente por las laderas de la montaña. Llegó al final del riachuelo, toco las rocas húmedas, dedujo que había llegado al lugar donde nacía el río caudaloso que había dejado atrás, hacía días, meses o quizás años.

Pero su destino no acababa allí. Siguió subiendo, no sin antes haber tomado suficiente agua para el viaje sin retorno. El clima se hacía más frío. Había subido tanto que creyó haber escalado el monte más alto del mundo. De pronto sintió que llegaba a una explanada ¿Estaré en la cima? – Se preguntó-. Siguió avanzando a paso lento, calculando el terreno y los peligros. Avanzaba sin cesar hasta que los dedos de sus pies desgarrados y sangrados tocaron algo húmedo. Siguió internándose hasta que fue profundizándose por algo que le pareció un apacible lago. Una sensación de frescura y paz fue apoderándose de su cuerpo. El agua le curaba las laceraciones de la piel, las dolencias desaparecían milagrosamente. Siguió hundiéndose hasta que el agua casi lo cubrió por completo. Su cuerpo se renovaban a medida que el agua lo empapaba. Vinieron a su mente toda clase de recuerdos, desde los más bonitos hasta los más dolorosos.  Recordó su infancia, su adolescencia, todas las experiencias que guardaba su memoria. Vio reflejada su vida como en un espejo. Pero ¿Qué raro que mis ojos no se curen? replicó para sí mismo. Fue en ese momento que dispuso hacer la última maniobra pora recobrar su vista. Con sus manos llevó un poco de agua a su boca. El sorbo mojó su lengua, bajó por su garganta causando una serie de sensaciones indescifrables. Fue en ese momento que sus ojos se abrieron. Vio sus manos, sus brazos, sus pies, palpó su rostro y descubrió que su piel estaba renovada. Observó a su alrededor y se dio cuenta que estaba solo, el único acompañante era el silencio. Apenas amanecía, el sol proyectaba los primeros rayos sobre los árboles, la vida animal empezaba su actividad diurna.

Javier, no salía de su asombro. Sintió como si despertase de un sueño largo y profundo. Se hizo a la orilla, se sentó para rumiar calmadamente aquella experiencia vital. Pensó en su pueblo, en su gente, en la ceguera… En el lugar donde se encontraba no había vida humana, quedarse allí era una buena idea, pero, alejado de la civilización no.  Divisó a lo lejos, apenas se distinguía el valle, una cortina de humo espeso como un toldo lo cubría. A lo lejos se oían ruidos extraños como los que se desprenden de las grandes fábricas.  Decidió regresar, ahora con fuerzas renovadas. Tenía que llevar la medicina ¿Cómo? no había forma, ni fuerza suficiente para cargar una buena cantidad de agua. Pensó que la cura, de alguna manera, tenía un costo. Era imposible llevar agua para tanta gente. Sin embargo, hundió su botella y la llenó hasta el borde.

Emprendió el retorno, ahora calculando el mejor sendero y acortando distancias si el camino se lo permitía. Pronto se dio cuenta que algo nefasto había pasado. Los árboles habían sido arrasados, las tierras habían sido invadidas. Se habían construido grandes edificios y fábricas; el río estaba contaminado por los desechos inorgánicos  y la expulsión de gases de las grandes industrias. Al entrar al pueblo observó que la gente tenía los ojos abiertos. Y es que a veces estar ciego no significa tener los ojos cerrados. Lo entendió todo. En realidad la ceguera de su pueblo era mucho más profunda que la ceguera física. Lo que el pueblo necesitaba eran ojos para ver la realidad. Tiró la botella con su agua y todo e inició la tarea ardua y decidida. En realidad la gente había caído en un letargo enfermizo, en una goma histórica deplorable. La medicina era más sofisticada que el simple sorbo de una agüita mágica. Con el tiempo, más videntes fueron apareciendo y se sumaban a la campaña emprendida por el gran Javier,  un nuevo despertar se apoderaba del pueblo. Se organizaron movimientos sociales en favor de la tierra, de los derechos fundamentales de las personas. Se construyeron escuelas, se reactivó el agro, la gente aprendió a desaprender. A medida que recobraban la vista, también despertaban la conciencia y la sensibilidad. Javi reconoció que quizá nunca estuvo ciego, y es que no todos los que tienen ojos ven ni todos los que ven tienen ojos. Eso de ver más allá está reservado para pocos y pocas. Y no es que esos muchos no puedan hacerlo, es que hay unos pocos que se encargan de robarles los ojos a muchos. En verdad no hay ciegos, hay enceguecidos y enceguecidas que es diferente. Juzgue usted y díga si no es cierto. Fin

• La leyenda del soldado errante

A eso de las doce y media del día nos encontrábamos en una de las mesitas de Tercer Ciclo, frente al salón de usos múltiples y séptimo grado sección “B” del Centro Escolar católico San agustín de Mejicanos, compartiendo los alimentos y departiendo ocurrencias y chistes, cuando una de las estudiantes, Brenda, dijo que iría a lavarse las manos al baño de los caballeros, por ser uno de los más inmediatos. Hasta ese momento habíamos estado riéndonos a carcajadas por las ocurrencias de Juan José y Jorge. De repente oímos un grito extraño de la joven estudiante que precipitadamente regresaba hacia nosotros con la cara pálida y los ojos desorbitados de pánico.
-¿Qué te pasa? – Preguntó Jorge, mientras se levantaba y la tomaba de las manos.
-Hay un hombre acurrucado allí en la cancha engramada. Tiene la cara demacrada como la de un enfermo y porta uniforme como la de un soldado, carga una mochila, tiene un aspecto raro, vayan y vean.
Inmediatamente corrimos al lugar que había indicado, pero no vimos a nadie. No había rastro alguno de que alguien hubiese estado en el sitio. Creímos que había sido un invento o una broma y no le dimos mucha importancia al asunto.
Lo extraño fue que desde ese momento la joven empezó a sentirse mal; su estado de ánimo cambió. Ya no habló más, temblaba, no quería quedarse sola y una hora después le entró una fuerte fiebre acompañada de mareos y vómito. Recuerdo que tuvimos que despacharla a casa porque se nos puso muy mal.
Aquella experiencia no dejó de sorprendernos y los jóvenes se dieron a la tarea de indagar sobre posibles causas de lo sucedido.
Así nos fuimos dando cuenta que en tiempos de la guerra, las aulas donde hoy están los séptimos grados, eran clínicas donde se atendían a personas heridas por los enfrentamientos armados entre las fuerzas insurgentes y el ejército salvadoreño, allá por los años ochentas en pleno conflicto armado. Los que se atendían en este lugar eran, en su mayoría, guerrilleros. Cuentan que muchos murieron allí y lo afirman personas que vivieron esa experiencia y que les tocó, incluso, atender a los heridos y moribundos. Aseveran que los pacientes llegaban gravemente heridos en estado crítico a tal grado que a muchos era imposible salvarles la vida. Quizá sea esta alguna de las razones por las que muchos afirman ver fantasmas y en particular a un soldado que merodea por allí a pleno día. Tal vez sea un alma en pena que no encuentra su lugar de descanso.
Don Lucio, un conserje de la Escuela, nos comenta que en ocasiones, por las noches, oye ruidos en las aulas. – A veces oigo pasos de personas o gente que arrastra pupitres y mesas. Una vez, abrieron una ducha en el baño de los caballeros y escuché como si alguien se estuviese bañando, corrí, pero la puerta estaba cerrada y cuando entré no había ninguna señal o rastro de que alguien se hubiese duchado-.
-Con el tiempo, uno se acostumbra a esas cosas. A mí ya no me causa miedo, al principio sí, lo admito – dice don Lucio, un señor muy querido y respetado por todos.
A media noche, – prosigue Don Lucio – Escucho el llanto de una niña en la parte de atrás de la cancha techada-. Algunos recordarán que antes de construirla había una cruz, y muchos afirman que allí posiblemente se enterraron a personas que por la misma situación de la guerra era imposible llevarlas a un cementerio y darles santa sepultura. A muchos de ellos se les depositaba en fosas comunes y otros eran enterrados clandestinamente por miedo a que en pleno entierro llegaran los contrarios y los asesinaran ¡Que Dios nos guarde de repetir una experiencia como aquella!
Algunas señoritas nos han comentado que en su baño han oído ruidos o han sentido como si alguien les tocara el pelo o que abren y cierran la puerta de algún servicio. En alguna ocasión han escuchado quejidos de alguien pero al revisar no han encontrado a nadie. Por el espejo han visto a sus espaldas el rostro horrible de una mujer, al voltear ya no está.
En el cielo falso del aula de Octavo “B” hay una inscripción un poco extraña. No sabemos si alguien quiso gastar una broma o el mensaje es de alguien que ya partió a la otra vida. Da la impresión que dejó allí un mensaje para la eternidad. Lo cierto es que estas cosas pasan en muchos lugares. Los parasicólogos o personas que estudian estos sucesos paranormales aseveran que cuando una persona muere deja energías en el lugar y esas fuerzas provocan cosas raras, como ruidos, sensaciones de alguna presencia extraña y hasta sombras fantasmagóricas. Vaya usted a saber. Lo cierto es que este lugar encierra en sus paredes muchos secretos que no creo que quieran descubrir. Ni se atrevan a intentarlo, es mejor mantenerse serenos y pensar que aquí no ha pasado nada. Fin.     Autor. Prof. Bonifacio cantarero.