¿Semana Santa liberadora o semana sacralizada y alienante?

Siempre me ha gustado encontrar artículos poco convencionales sobre temas de los que se habla mucho, pero, que en el fondo no hablan más que de lo mismo. Reflexiones que te hacen pensar más allá de lo que comúnmente escuchamos. En este contexto de semana santa y resurrección encontré uno, en mi opinión muy bueno, que comparto a continuación. Se titula: espiritualidad caminante, posteado en una página digital. El texto en cursiva son anotaciones personales adicionales a  este punto de vista.

“La Semana Santa cristiana debería ser mucho más que una fiesta religiosa, ya que el cristianismo no es simplemente una religión (de hecho, en él hay una crítica muy dura contra la religión cuando se pone por encima de la vida, cuando se sacraliza), debería ser una verdadera “memoria subversiva integral” contra todo lo que oprime al hombre, en especial, a los pobres, dado que esas fuerzas opresoras (en especial, autoridades religiosas y políticas injustas y dominadoras de los pobres) fueron las que mataron a Jesús y quedaron desautorizadas por el Padre cuando lo resucitó.

En la Semana Santa hay una fuerza de liberación muy grande cuando se vive desde parámetros evangélicos y místicos, y no desde meros parámetros religiosos.

Recordamos en ella que la Vida está sobre la religión, que la religión sacralizada mató a Jesús y es una fuerza de alienación que utiliza a Dios para oprimir a los hombres. Que esta religión se une a la política para justificar la situación de dominación y alienar a la gente, generando en ella miedo y culpa, que luego se pretenden “liberar” provocando una catarsis emocional religiosa no terapéutica, en vez de ir tomando conciencia de la injusticia y adquiriendo lucidez para combatirla de modo ético. Hay en reiteradas ocasiones una verdadera parodia del verdadero sentido del cristianismo.

Pareciera que el cristianismo, que nació para combatir ese tipo de mentalidad religiosa alienada, ha sido pervertido hasta el punto de convertirlo en una fuente de alienación colectiva, como denunciara Karl Marx, con mucha razón.

La semana santa se ha sacralizado en muchas ocasiones, convirtiéndose en una fiesta religiosa que se vive desde parámetros sacrificiales como una gran catarsis colectiva contra un miedo y una culpa malsanas e inoculadas socialmente, que las clases dominantes utilizan para lograr una “válvula de escape” emocional que haga que los dominados se “aligeren” momentáneamente de su malestar, sin tomar conciencia de las causas sociales y políticas, entre otras, que lo están causando.

Teniendo en cuenta este peligro, creo que, en la Iglesia actual, continúa habiendo un excesivo peso de las celebraciones litúrgicas religiosas como si ellas fueran la expresión fundamental del ser cristiano. Este estilo de “iglesia de celebraciones” es propio de otro momento, del momento de cristiandad, cuando la Iglesia era una organización de masas que regulaba la vida social. Hoy deberíamos caminar hacia un modelo de iglesia que, sin abandonar la expresión simbólica y religiosa (no sacralizada), de la fe, ponga su centro en la experiencia mística y en el compromiso ético de la vida. La iglesia desde el vaticano II renuncia a un modelo de iglesia de cristiandad que pretende tener el protagonismo en la sociedad, y pasa a un modelo de iglesia de compromiso personal de la fe, con una dimensión social también, centrada en la defensa del ser humano frente a los poderes y sistemas sociales que le oprimen, en especial, centrada en la defensa de los más débiles y empobrecidos frente a los ricos. Pero realizado sin protagonismos, colaborando con todos y todas las que combaten por un mundo más justo y más humano.

Es importante recordar el sentido de la liturgia en el cristianismo, ya que la liturgia cristiana es en realidad toda la vida del cristiano y no sólo el momento de una celebración religiosa, en el cual sólo se hace visible de un modo especial lo que está en toda la vida. La Vida está sobre la celebración litúrgica en el cristianismo. Entendida de este modo (toda la vida como sacramento) la liturgia es el centro y la meta de toda vida cristiana como más o menos recordaba el Concilio Vaticano II en la “sacrosantum concilium”, pues toda la vida es liturgia.

La liturgia cristiana relativiza la celebración religiosa, poniéndola al servicio de la vida (el sábado para el hombre y no al contrario decía Cristo). Esto no anula la necesidad y el valor de las celebraciones religiosas, formando parte también de la vida del hombre.

Cuando vemos cómo se vive y se celebra la semana santa no queda la menor duda de que aún queda mucho que caminar, no obstante, son muchos/as cristianos/as los que lo viven de un modo muy distinto y mucho más evangélico que religioso este recuerdo, gracias a Dios”.

La realidad impone desafíos al cristiano del presente. La alegría pascual necesita ser liberadora para todos. Y necesita adaptarse a las realidades concretas. No es lo mismo (como leí por ahí)  hablar de Dios desde una residencia que desde una choza. O como diría Jon Sobrino: una tortilla tostada con sal será buena noticia para una familia pobre, no así para una familia acomodada. El evangelio tiene que iluminar la vida y llenarla de sentido.

Desde que fuimos cristianizados hemos celebrado cantidades inimaginable de semanas santas de las que, en términos prácticos, es poco o nada el aprendizaje que hemos adquirido. Nuestra participación no ha sido más que cumplir con una tradición cada vez menos espiritual y más de cumplimiento (cumplo y miento). Hemos celebrado muchas semanas mayores sin enterarnos siquiera de lo que estamos celebrando, a tal grado que pasada la semana, volvemos, sin más, a nuestros afanes diarios y a esperar la siguiente semana del próximo año y así sucesivamente.

Ojalá que esta semana sea diferente a las otras y que por el contrario, vivamos aquel acontecimiento histórico, como un acontecimiento actual. Cómo se necesita iluminar nuestra realidad a la luz del Evangelio, pasar de un mensaje moralizante e inquisidor a uno que centre la mirada  en la persona concreta, esa de carne y hueso que transita por los barrios, colonias y pasajes de nuestros pueblos.

A menudo nos dolemos y lamentamos ante una imagen de Jesús desfigurada y desangrada, sin embargo, somos insensibles ante los miles de Cristos crucificados por el hambre, la enfermedad, la pobreza y la violencia que crece a torrentes. Habrá que tener mucho cuidado con ciertas teologías malsanas como la “teología de la predestinación”, “teología de la retribución” y “la teología del desencanto”. Jesús no venía predestinado a morir. ¿Qué padre bueno sería capaz de traer a un hijo para mandarlo al matadero? Tampoco es cierto que por el simple hecho de levantar la mano y aceptar a Cristo los problemas económicos se resolverían. Dios no es un ser mágico que hace desaparecer los sufrimientos con una varita mágica.

 Por último, la propuesta del reino sigue siendo actual, no ha fracasado, nadie puede decir que pasó de moda porque ni siquiera la hemos estrenado. Los que han intentado vivir como resucitados en la historia no han terminado bien, porque ser cristiano o cristiana no es chiche, requiere renunciar a uno mismo para dar paso a la esperanza colectiva. Que no nos quedemos en silencio ante el drama social que vive nuestro país.                  Prof. Bonifacio Cantarero

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